¿Desarrollarnos para ser modernos?


Modernidad y globalizaciónPor Oscar Figueredo Reinaldo

Cada vez que se entablan algunas discusiones en la actualidad acerca del grado de desarrollo de nuestras naciones, principalmente en aquellas cuyo nivel de desarrollo no está a la par de las llamadas “del primer mundo”, no es  raro observar  la utilización a ultranza de palabras estereotipadas de uso común pero que llevan una poderosa y oculta carga ideológica, como son moderno, retraso, mundo desarrollado o mundo avanzado y cuya verdadera significación reside en la exportación de modelos capitalistas hacia las naciones más pobres.

La cuestión más preocupante  surge en el momento en que estos términos y discursos son asumidos y llevados adelante por cualquier persona sin conocer a cabalidad la otra cara de la moneda que representa asumir dichos “modelos de desarrollo”. No es raro, en este sentido, que hoy día se escuchen a estudiantes, trabajadores, intelectuales o blogueros  hablar de sus ideas y propuestas sobre recetas de desarrollo, cuya noción básica se asienta en los principios de dominación y explotación que poseen dichas propuestas.
Uno de los temas más tratados son las nociones de desarrollo y crecimiento.

Hay que aclarar que, exceptuando a unos cuantos círculos liberales, en el ámbito de la teoría social es generalmente aceptada la diferencia conceptual entre las nociones de desarrollo y crecimiento. El primer término se refiere a algo cualitativo -social, político, demográfico, entre otros- y el segundo a algo meramente cuantitativo, económico o monetario. Esto significa -por ejemplo- que el aumento de la riqueza macroeconómica de un país -como puede resultar de un indicador como el PIB per cápita- expresa seguramente un proceso de crecimiento, pero no implica necesariamente uno de desarrollo, que más bien se evalúa con índices como la mortalidad infantil o la alfabetización, entre muchísimos otros.

Además, y este es quizás el aspecto más relevante, el subdesarrollo, la pobreza o el retraso, parecen considerarse como una etapa temprana de un proceso evolutivo que, inevitablemente, tendrá que llevar a todo país, hacia el mundo moderno, la riqueza, el desarrollo, en una sola palabra, la modernidad. Así que, aun rechazando los paradigmas capitalistas y neoliberales para cualquier país, los otros aspectos de las sociedades occidentales se convierten en metas imprescindibles, naturales.
Consciente o inconscientemente, estos individuos -aunque sea de manera bastante arcaica- enuncian -increíblemente, si se considera la perspectiva ideológica de base- todos los principios elementales de un conjunto de ideas que pertenecen a un corpus teórico generalmente conocido como ideología de la modernización.

Todo esto, aunque pueda parecer tan contemporáneo y renovador a los ojos de sus seguidores, quienes -con las mejores intenciones- desean un futuro más próspero para su país, se encuentra exactamente en línea con una etapa teórica que comenzó en el siglo XIX y que hoy día, a pesar de sufrir un completo descrédito en los ámbitos de la teoría social, sigue suscitando cierta atracción.

EN BUSCA DE UNA TEORÍA

Herbert Spencer, uno de los primeros sociólogos modernos, en una época de explosión del llamado darwinismo social, en sus Principios de Sociología (1860-76), publicó una vasta antología formada por datos etnográficos de sociedades primitivas y encuestas sobre las sociedades civilizadas e especificó una inevitable trayectoria lineal, un proceso evolutivo -histórico, social y económico- que hubiera guiado a las sociedades humanas, desde la forma primitiva hacia la forma civilizada y moderna, el industrializado imperio colonial anglosajón.

Durante todo el resto del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, un período caracterizado por la lucha entre los grandes imperios coloniales -que finalmente llevó a las dos guerras mundiales- la teoría social siguió respaldando masivamente esta visión dualista del mundo para dar fuerza y justificación a conquistas y genocidios. Los teóricos de estas décadas son innumerables y todas sus ideas estaban dirigidas a ofrecer una contribución al desarrollo y una válida razón -incluso racial- para fortalecer la potencia colonial del propio Estado.

Todas estas teorías desarrollistas alcanzaron gran auge tras el desastre humanitario de la Primera Guerra mundial; cuando el presidente norteamericano Woodrow Wilson (1913-1921) se hizo promotor del pensamiento idealista que escondía -claramente- una extrema defensa del carácter excepcional de la nación norteamericano; recordar que“las potencias europeas, en su lucha colonial, habían llevado al mundo a una guerra catastrófica”, por lo cual los Estados Unidos debían convertirse, ahora, en un modelo para el resto del mundo cuyo modelo de democracia debía esparcirse por el resto del mundo.

La idea de Wilson de exportar el modelo americano llegaba, por cierto, demasiado pronto respecto a la situación política de la época y el desarrollo de los fascismos en Europa con fuertes ambiciones imperiales, las nuevas luchas coloniales y el consecuente fracaso de la Sociedad de las Naciones, aplicación práctica de la idea wilsoniana, condujeron -inevitablemente- a la Segunda Guerra mundial.

En la década de los años cincuenta del siglo XX, en plena guerra fría y, sobre todo, en pleno proceso de descolonización, estas teorías fueron reinventadas para las nuevas finalidades y se desarrolló oficialmente la ideología de la modernización como parte de la política occidental para atraer en el bloque político del primer mundo -liderado por los Estados Unidos- a todos los países de nueva independencia, para así evitar indeseadas orientaciones en el segundo mundo -liderado por la Unión Soviética– o convergencias tercermundistas, justo mientras concluía la Conferencia de Bandung (1955).

Al respecto el economista y político norteamericano, Walt WhitmanRostow, reseña que según la teoría de una trayectoria lineal hacia la modernidad,  “todos los países del mundo, tarde o temprano, se habrían puesto inevitablemente en marcha con la ayuda paternalista de los países modernos y desarrollados. Un único proceso de desarrollo era posible y justo, el proceso occidental, y cuanto antes un país subdesarrollado decidiera subir al tren de la modernidad, más temprano podría beneficiarse de los frutos del mundo moderno.”

Por su parte el economista y premio Nobel de origen indiano, William Arthur Lewis, otorgó una aplicación práctica a este criterio, inventando el concepto de industrialización por invitación la cual expone que  los países subdesarrollados, para poner en marcha un proceso de desarrollo hacia la modernidad hubieran necesitado atraer capitales extranjeros para que estos -como una bola de nieve que cae desde una montaña- generarían fuerzas independientes que llevarían hacia la sociedad avanzada.

No hace falta explicar las trágicas consecuencias de la implementación de políticas como estas durante todo el siglo XX, bajo la fuerte promoción del Fundo Monetario Internacional y del Banco Mundial y cuyas consecuencias más actuales se evidencian en la crisis que atraviesan las propias naciones cuyos modelos debían servir de ejemplo para los pueblos del sur.

Vale destacar además que si la ideología de la modernización había nacido sustancialmente en época colonial para dar una visión de superioridad histórica a los imperios de entonces, y había sido estudiada formalmente en la etapa bipolar para atraer a los países subdesarrollados en el campo del primer mundo, tras la caída del campo socialista, el optimismo extremo llevaba estos teóricos al triunfalismo total. Ya no era una cuestión de elección, de ofrecer a los países pobres un camino para desarrollarse. Más bien era la afirmación absoluta de que el modelo de Occidente no era solamente el único camino posible, sino el punto de llegada de un proceso indetenible.

Uno de los más conocidos teóricos de este Nuevo Orden Mundial fue Francis Fukuyama, quien en 1989 -aun antes de la caída del muro- publicó su análisis sobre el fin de la historia.
El autor interpretó la victoria del bloque capitalista sobre el campo socialista como el fin de la historia, una etapa conclusiva en la cual todos los países podrían vivir pacíficamente y en prosperidad, guiados por los mismos valores, algo que se traduciría prácticamente en la implantación a nivel mundial de los valores de la cultura occidental, del American way of life, que eliminarían toda alternativa posible para la humanidad.

SIN LA VENDA EN LOS OJOS

Como hemos apreciado hasta el momento, a lo largo de más siglo y medio, han sido inventadas numerosas metáforas para seguir respaldando esta visión dicotómica y simplista de un mundo dividido por una frontera invisible en dos partes “completamente homogéneas”.

Con el tiempo, los pueblos del Oriente o del Sur han perdido muchas de las peculiaridades que los distinguen, todo carácter de diferenciación debido a absurdos intentos de encontrar la llamada modernidad.

Desde el norte “maravilloso” son presentadas como sociedades primitivas, subdesarrolladas, pobres, tradicionales, o en retraso: formasde discriminación que segregan a aquellos que  todavía no se “han enterado de los innumerables beneficios” que pueden esconderse tras una cola en un McDonald’s.

Etiquetas repetidas en todos los centros de poder -económicos, políticos, financieros- que finalmente, tras un proceso de interiorización, han sido asumidas como verdades indiscutibles sobre la interpretación del mundo, incluso -inevitablemente- por los mismos habitantes de los países del Tercer mundo quienes, bajo la ilusión del desarrollo económico, aceptan el modelo occidental como ejemplo para seguir, pretendiendo que su misma sociedad se conforme a lo que dice el Occidente.

En este contexto, queda claro que el desafío para los nuestros pueblos del sur es precisamente enfrentar esta desculturización. Las naciones menos desarrollas  tiene que perseguir un desarrollo económico y social que sea exclusivamente para el beneficio social de cada país.
No se trata, por supuesto, de rechazar todo lo que llega de Occidente o de querer un proceso estático o de clausura. La respuesta al occidentalismo no puede ser el tribalismo exasperado. Es cuestión de elegir un camino, seguirlo y mejorarlo, evitando relaciones y comparaciones con modelos universales. Usando estas llaves de lectura, se podrían así interpretar y evaluar con la debida cautela determinados fenómenos de la contemporaneidad regional sin asumir una antigua teoría -inconscientemente interiorizada- como una idea novedosa.

Adaptación del texto Cuba, el ‘mundo’ y el futuro. (I) ¿Ideas novedosas o modernismo interiorizado?

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Acerca de sentirjoven91

Comencé a soñar con el periodismo sin darme cuenta, cuando solo era un infante. Mi abuelo me abría las puertas de este mundo cuando pensaba realmente en ser maquinista de un tren. Estudio periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba. Colaboro con el espacio informativo Mesa Redonda y Con el Sitio Cubadebate.
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