Che Guevara, una perspectiva desde el periodismo


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“El miércoles por la noche el Che Guevara se las arregló para responder a mil preguntas: un enjambre de periodistas lo acribilló sin piedad, y el Che tuvo ocasión de demostrar su habilidad política”. Así describe Eduardo Galeano la conferencia de prensa ofrecida por Che, en su condición de jefe de la delegación cubana, durante la reunión ministerial del Consejo Interamericano Económico y Social, celebrada en Punta del Este, en agosto de 1961.

Esta es, probablemente, la imagen más recurrente en la memoria, ante la idea del vínculo entre Che Guevara y el periodismo: el líder revolucionario de cara a la interrogante, reflexiva o insidiosa, compleja o simple. Che se nos aparece más como entrevistado, enfrente de uno o varios periodistas –cuestionario en ristre-, a través de sus respuestas. Desde la confesión de patria latinoamericana, hasta la declaración rotunda de su desinterés por un socialismo sin la moral comunista, está el mensaje profundo en sus diálogos con la prensa.

Pero la relación de Che con el periodismo no se circunscribe a esa condición de entrevistado; también fue practicante del oficio. Este resulta una presencia que lo acompaña siempre, solo posible de comprender desde la interrelación, que marca su existencia, entre la acción y el pensamiento -y la ligazón congénita de este último con la palabra.

LAS CRÓNICAS DE LA JUVENTUD

Hay en este hombre, desde muchacho, una necesidad de la escritura, que encuentra su realización inicial en cierta empresa adolescente de la palabra, cuando un grupo de amigos se juntó en torno a un par de páginas que llamaron Tackle. Siempre habrá en él, además, un ansia por la lectura que es antecedente y continuidad de aquel otro imperativo. El itinerario de este empedernido lector tiene su punto de partida, igualmente, a esa edad, como prueba un Índice de libros, en el cual anotara la relación de los títulos que iba leyendo en su más temprana juventud. Poesía, historia, ciencia, filosofía, política y literatura universal, confluyen en este primer testimonio de una pasión que será constante en su vida.

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Más tarde, esa vocación literaria del joven, hallará desahogo en los relatos y crónicas escritos a partir de sus viajes, el primero en motobicicleta por el norte argentino(4), luego su inaugural recorrido latinoamericano. De esta aventura continental, queda aquella intuición sobre los poderes de la prensa, manifiesta en la travesura de utilizar el periódico local de un pueblecito chileno – Temuco- para granjearse recursos con qué continuar travesía. Y quedan sobre todo, como constancia escrita, un grupo de crónicas de este andar por América Latina, denominadas en su conjunto Notas de viaje.

En estos textos, la escritura resulta más que todo, conversación consigo mismo en el retiro de la recordación. Son una manera de evacuar nostalgias, de volver a andar sobre los mismos pasos, a través de la descripción detallada de hechos y lugares. Pero también son espacio para la reflexión incipiente sobre las experiencias vividas, así como sus trascendencias para el viajero.

El coloquio íntimo con su yo, característico del cronista, se enlaza al diálogo con el probable lector, desde la convocatoria hecha –en una suerte de prólogo que titula, coherentemente, “Entendámonos”- a sentar las condiciones previas de lectura, llegando a un acuerdo de complicidad que la atraviese de principio a fin. Aunque nunca divulgadas hasta cuatro décadas después, está la posibilidad de haber sido escritas pensando en su publicación; si no con qué fin reescribir en forma de relatos su diario del viaje, o por qué esas aclaraciones preliminares al leedor.

Durante su estancia en Panamá, en el segundo viaje por Latinoamérica, publica Ernesto sus dos primeros artículos periodísticos en medios profesionales –útiles, además, dada su situación económica. Desde la evocación más íntima, Un vistazo a las márgenes del gigante de los ríos y Machu-Picchu, enigma de piedra en América, se adentran en el espíritu de esos dos espacios de la geografía y la historia de la región –el Amazonas y la vieja ciudad del imperio inca-, visitados en su anterior recorrido latinoamericano. Ambos textos vienen a ser, entonces, una declaración de continuidad entre sus dos andares por el continente.

Tampoco aquí las palabras se agotan en la narración y descripción de la aventura que es recorrer el Amazonas y su territorio, o caminar por entre las antiguas edificaciones de Machu-Picchu. Van más allá, a lo pequeño y aparentemente insignificante, pero en verdad cardinal; se entrelazan la historia y el viaje; el pasado, el presente y lo porvenir. El río es, entonces, la naturaleza; las ruinas, el símbolo de la historia; el hombre, resumen de la sociedad y la cultura. Afincado en la condición literaria de la crónica, ofrece reflexiones filosóficas así como explicaciones históricas y culturales, armando un ejercicio del periodismo que se esfuerza por ir a lo profundo, en interpretar la anécdota.

A ratos, el viaje es apenas una excusa para penetrar en las interrelaciones entre los hombres, la naturaleza y la historia. Todo ello, a partir de una suerte de diálogo entre el viajero y el espíritu del lugar, bajo la complicidad que, nos dice, supone la común condición latinoamericana. Una cualidad que surca y enlaza los dos artículos, para terminar siendo una convocatoria, desde el Cerro Viejo de los incas, con su significado “para el luchador que persigue lo que hoy se llama quimera, el de un brazo extendido hacia el futuro cuya voz de piedra grita con alcance continental: «ciudadanos de Indoamérica, reconquistad el pasado»”.

A primera vista, los próximos escritos periodísticos de Ernesto pudieran verse en una relación de ruptura con estas dos crónicas anteriores; aquí, lo poético desborda con mayor fuerza a las palabras, en aquellos, el lenguaje es directo y punzante. Sin embargo, el encadenamiento entre unos y otros, tiene raíz más honda que el estilo: está, justamente, en ese latinoamericanismo que se va arraigando en su pensamiento y acción. Realmente, todo el periodismo de Ernesto Che Guevara –como sus escritos y discursos en general- resultan expresión de ese proceso de maduración intelectual y revolucionaria que recorre su existencia, camino a la radicalización y la hondura que suponen pensar y actuar la liberación humana.

Escritos durante su estancia en Guatemala y nunca publicados por él(9), El dilema de Guatemala y La clase obrera de los Estados Unidos… ¿amiga o enemiga?, confirman la trascendencia –varias veces reconocida luego por el propio Che- que tuvo la experiencia guatemalteca para su devenir revolucionario. La actitud crítica hacia el orden social capitalista, que ha venido germinando en el joven, se muestra ampliamente en estos textos, en los cuales se juntan latinoamericanismo y antiimperialismo, desde una perspectiva con atisbos marxistas/socialistas.

Esa crítica, conformada a partir del conocimiento de la realidad continental y sus estudios teóricos (filosóficos, históricos, políticos), tiene en cuenta, en su análisis de la situación, el papel de la prensa en el mantenimiento de tal acomodo de cosas conveniente al dominio norteamericano. Así, examina el rol de los medios en la campaña contra el gobierno de Jacobo Árbenz: “Mientras la prensa de los países aledaños, totalmente amordazada, sólo puede tañir loas al «líder» en la única nota permitida, aquí los periódicos titulados «independientes» desencadenan una burda tempestad de patrañas sobre el gobierno y sus defensores, creando el clima buscado. Y la democracia lo permite”.

Como parte de su examen de la geopolítica mundial, al profundizar en la dinámica económica, social y política interna de los Estados Unidos, insiste en las interrelaciones entre estas esferas en el mantenimiento del orden capitalista; así como las implicaciones, para la conciencia de los norteamericanos, del hecho cierto de una “prensa totalmente en manos de los grandes capitales”(11). Es el momento más álgido de la Guerra Fría, con su particular grosor cultural, mediático y propagandístico; ello no podía escapar al análisis: “«el comunismo internacional». Ese es el caballito de batalla con el cual se puede usar por ahora de la mentira organizada en toda su efectividad por la propaganda moderna, y luego, quizá, de la intervención económica y hasta, ¿por qué no?, la intervención armada”.

Pero la comprensión cabal de estos dos artículos, requiere una contextualización de los mismos en las decisiones y acciones que por entonces emprendió Ernesto. “Mi posición no es de ninguna manera la de un diletante hablador y nada más (…)”, declaraba en una carta a su tía, escrita en medio de los sucesos que estremecen a Guatemala. Su crítica social y política no se agota en sí misma, sino que se empalma a la adopción de posiciones en relación con las luchas reales.

En México, a donde lo llevarán sus pasos luego del derrocamiento del gobierno de Árbenz, el periodismo tendrá –junto a los estudios del marxismo, las visitas a ruinas prehispánicas y la preparación guerrillera- un lugar en su vida, incluso como actividad laboral. Allí trabajará como redactor y fotógrafo de la Agencia Latina de Noticias; en el ejercicio de sus funciones fotorreporteriles para esta, cubrirá los IV Juegos Panamericanos de 1995. Además publicará, en este tiempo, un artículo científico a partir de sus investigaciones sobre la alergia.

Si bien este fue el único momento de su vida en que ejerció profesionalmente la fotografía, ella resulta una constancia en la vida de Che. “Antes que comandante, fui fotógrafo”, cuentan que comentaría años después. Cámara en mano, emprendió no solo sus viajes juveniles, sino también sus episodios revolucionarios guerrilleros, y los quehaceres como ministro del gobierno cubano.

En las imágenes resultantes de ese placer personal, no queda únicamente el testimonio de una estadía; hay asimismo una conjugación de lo artístico con lo informativo, e incluso reflexivo, que remite a aquella sentencia, según la cual una imagen vale más que mil palabras. Aunque Ernesto, Che, en lugar de ese reemplazo, propone mejor la armonía entre lo icónico y la escritura. En la crónica, el acompañamiento fotográfico resulta prueba del viaje, a la vez que suplemento visual de lo dicho. Y aun cuando el par no cristalice en una publicación periódica, siempre estará, como en el caso de sus fotografías de las ruinas mexicanas de Palenque, las descripciones del lugar en su diario, y el poema que escribiera a propósito del mismo.

Pero el acontecimiento más significativo para su futuro, durante los dos años de estancia en tierra azteca, será el encuentro con la posibilidad de tomar parte en un proceso revolucionario, el cubano, en el cual pondrá toda la pasión y el empeño. Esa nueva etapa, en la que la práctica revolucionaria se anuncia precedente de la escritura de igual signo –aunque vuelven a ser juntura armónica-, ya se había anticipado en una carta a su madre. En la misiva, revelaba su decisión de “cumplir primero las funciones principales, arremeter contra el orden de cosas, con la adarga al brazo, todo fantasía, y después, si los molinos no me rompieron el coco, escribir”. Estas líneas, anuncian la consumación definitiva de un cambio en relación con el tiempo anterior, y dan cuenta de un camino de vida en el cual se integran la acción y la reflexión, la comprensión y la transformación del mundo.

ESCRIBIR LA REVOLUCIÓN

La experiencia de la Revolución cubana, será el contexto más fecundo, periodísticamente, para Che. Siempre encontrará el tiempo para el ejercicio del periodismo, a pesar de sus múltiples e importantes responsabilidades. Será permanente el acompañamiento de un periodismo analítico y testimoniante, desde las montañas de la Sierra Maestra y del Escambray, hasta los días de dirigente del Gobierno revolucionario. En plena correspondencia con la madurez intelectual y revolucionaria alcanzada en este período, se pone de manifiesto en su hacer, una comprensión profunda de la importancia de esta dimensión comunicativa en todo proceso liberador contemporáneo.

Su conciencia del peso de la manipulación informativa al interior de la estrategia de dominación imperialista, adquirida y confirmada a partir de su vivencia de la agresión a Guatemala, se expresa desde la etapa de lucha armada. La concepción y fundación de órganos periodísticos del Ejército Rebelde – los periódicos El Cubano Libre y Patria, así como la Radio Rebelde-, corroboran su certeza sobre la necesidad de contar con medios que enfrenten esa manipulación y ofrezcan una visión propia de la realidad ante la opinión pública. Los hechos validaron lo atinado de esa consideración y su utilidad: hacia finales de 1958, la emisora revolucionaria era de la mayor rating en todo el país.

Tal reclamo, en esta fase del proceso revolucionario, se halla en correspondencia con la imprescindible doble naturaleza militar y política que tiene, para Che, la guerra de guerrillas. No es esta, tampoco, la aventura bélica exclusiva de cierto núcleo de hombres aislados, “propietarios” de la revolución, sino una lucha de imprescindible alcance social. Se requiere por ello de vínculos directos y constantes entre esa vanguardia armada y todo el pueblo; aquí, estos medios de prensa propios del movimiento revolucionario devienen vitales.

Tanto en sus ejercicios de conceptualización sobre este método de lucha, como en las distintas experiencias guerrilleras de Che, está presente ese aspecto de los medios periodísticos. En su Guerra de guerrillas, al analizar los aspectos organizativos del frente guerrillero, contempla el tema de la propaganda, así como la información y la labor de adoctrinamiento. Analiza qué noticias ofrecer por los medios de prensa guerrilleros, qué lenguaje emplear, y cómo “[l]a difusión de la idea revolucionaria a través de los vehículos necesarios para ella, debe hacerse con la mayor profundidad posible”. Particular importancia otorga, en este escenario, a la radio, con su palabra inspiradora e inflamada que explica, enseña y enardece.

En la epopeya boliviana, el seguimiento y análisis de los informes que ofrece la prensa sobre las acciones de la guerrilla y el ejército, resulta elemento invariable en su Diario. Ello explica una coincidencia que, en realidad, no es tal –y que queda como suspendida sobre la relación de Che con el periodismo. Ante la explosión de la noticia sobre la existencia del grupo armado, Che confecciona el primero de los cinco comunicados al pueblo y mineros de Bolivia que se redactarán durante los once meses de lucha; este será el único dado a conocer por la prensa local. “Frente a la mentira reaccionaria, la verdad revolucionaria”: esa frase encabezará todas estas proclamas. Desde la primera, se establece que tal será la norma del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, y su divulgación es considerada por Che complemento indispensable de las acciones militares. Las razones que motivan la lucha y principios que la sustentan, el análisis de la realidad nacional a la luz de la estrategia de la rebelión, los rigurosos partes de las acciones combativas, así como los llamamientos a la conciencia popular; todos son puntos presentes en cada uno de los documentos.

En la práctica y en la teoría, todo el periodismo revolucionario tendrá para Che un inexcusable eje central: la verdad. Ella abrigará un carácter intrínsecamente liberador, frente a la mentira de la cual se vale la dominación. Veracidad y engaño, revolución y reacción, resultan opuestos cuyos extremos respectivos se aparean en sus correspondientes propósitos.

DOSSIER MATHIL COMMANDANTE CHE GUEVARA RAOUL CORRALES

La verdad, es entonces principio general del ejercicio periodístico, en comunión con otro puntal: la ética. En el ideario y la acción guevariana, la política revolucionaria aparece caracterizada por una nueva moral, que se extiende a toda la sociedad naciente; el periodismo no es ajeno a este suceso sino todo lo contrario, dados su lugar y función esencialmente política, ligado a la cultura, la ideología, la educación y la conciencia. Incluso en el contexto extremo de la lucha armada, la verdad es “el principio fundamental de la propaganda popular”, y ha de preferirse siempre, aun cuando sus efectos sean menores en comparación con “una gran mentira cargada de oropel”.

La cuestión de la verdad pasa, inclusive, por la sinceridad personal. El comandante no duda, como tampoco lo hiciera el joven al narrar su aventura amazónica, en confesar al lector, sus miedos o valentías. Antes, la revelación sobre la cobardía frente a la naturaleza y la noche del río, se realiza a partir de una anécdota sin mayores consecuencias; ahora, el reconocimiento público del temor llega a propósito de hechos mucho más trascendentales: una guerra por la libertad y la justicia.

El hombre se nos muestra sin inmunidades ni farisaísmos; no se pretende presentar la imagen perfecta de un individuo que solo conoce de audacias. Quien, en un momento, tiene la satisfacción de ser capaz de vencer sus miedos en medio de la soledad y el peligro, es el mismo que otro día siente ganas de huir frente al riesgo inminente de la muerte, aun cuando algún soldado intente a su lado una frase de consuelo: “no se preocupe, comandante, yo muero con usted”. Porque entonces, confiesa: “Yo no tenía ganas de morir y sí tentaciones de recordarle algo de su madre, me parece que no lo hice. Ese día me sentí cobarde”.

Pero el culto a la verdad, no solo se expresa en tales confesiones, muestra de confianza y respeto al lector. La veracidad que para Che exige el periodismo revolucionario, trasciende esa dimensión personal -aunque tiene en ella su fundamento-, para adquirir anchura histórica. “La primera cosa que debe hacer un revolucionario que escribe historia es ceñirse a la verdad como un dedo en un guante”, aconseja.

Si la historia resulta surtidor de moralejas y lugar de afincamientos, el recuento y análisis de sus hechos, ha de ser palabra rigurosa y justa. El respeto a lo estrictamente veraz, la revisión autocrítica de lo escrito para extirpar toda palabra de cuya certeza no se tenga plena seguridad, lo inadmisible de decir algo incorrecto con el objetivo de la exaltación propia o la simulación, resultan las condicionantes en la invitación guevariana a testimoniar los acontecimientos vividos en los dos años de lucha armada.

Es este el propósito que se plantea al escribir las crónicas publicadas en Verde Olivo, luego reunidas en el libro Pasajes de la guerra revolucionaria. Ellas son parte de una continuidad testimonial en función de la necesaria escritura de la historia, cuyos precedentes están en las páginas de El Cubano Libre, nombre que guarda en sí mismo resonancias históricas, al rescatar el título del periódico mambí de Carlos Manuel de Céspedes y Antonio Maceo.

Estudioso y conocedor de la historia de Cuba –que hizo suya-, ella es recurrencia constante en sus artículos históricos o de análisis de actualidad del proceso revolucionario cubano. La historia es sustrato permanente, desde las guerras de independencia, en los cimientos mismos de la nacionalidad y la cubanía; proveedora para la argumentación de los hechos, sus causalidades y consecuencias. Los sucesos y proclamaciones de la Revolución –como, por ejemplo, la Reforma Agraria- no son, entonces, patrimonio de esta ni de los revolucionarios del momento, sino que se asientan en el caldo de cultivo del tiempo y atraviesan generaciones de cubanos, para llegar al presente.

ANDAR ENTRELÍNEAS

En sus análisis de la transición socialista, Che otorga a la prensa –pieza del aparato de divulgación del partido y junto a otros organismos del Estado -, una función educativa directa, de particular importancia en aras de la cultura general, tanto técnica como ideológica. Aún sin declararse el carácter socialista de la revolución ya había fundado, el 10 de abril de 1959, de la Revista Verde Olivo, justamente con esa finalidad instructiva y cultural, como parte de sus acciones en la jefatura del Departamento de Capacitación del Ejército Rebelde. Tres años más tarde, como Ministro de Industrias, creará otra publicación con igual propósito: Nuestra Industria.

En este sentido, se reafirma la esencialidad de la verdad: las revoluciones no pueden educar desde la mentira; mucho menos, en un sentido ideológico, de formación de la conciencia y gestación del hombre nuevo. La argumentación revolucionaria no consiente el engaño: “La explicación es convincente porque es verdadera; no precisa de subterfugios”, afirma ante el análisis de una cuestión. Ejemplo evidente de esa utilidad educativa que otorga a la prensa, resulta la sección creada por Che en Verde Olivo, bajo el título de “Consejos al combatiente”. En ella trataba temas de la vida militar, tanto estrictamente técnicos, como relacionados con otros valores de vital significado en la acción del ejército revolucionario: la disciplina, la moral y la solidaridad.

Desde el propio nombre dado a la sección, se percibe una postura comunicativa que busca la interrelación con el lector; se prefiere brindar consejos, en lugar de dictar instrucciones. El lenguaje y estilo empleados, no olvidan el nivel de instrucción de sus lectores en ese momento, y acude a la utilización de comparaciones (con el deporte, la medicina) y detalladas descripciones o ejemplificaciones concretas, que ilustran y facilitan la comprensión de los conceptos propuestos, mediante expresiones que resumen las ideas, con un sentido muy gráfico.

En ocasiones, Che incluso se propone dialogar de manera explícita con el lector – en esa doble intención de educar al soldado en sus funciones y al mismo tiempo enriquecer su conciencia revolucionaria-, a través de preguntas sobre una supuesta situación planteada, o con el empleo frecuente de la primera y segunda personas. Este recurso conversacional no será exclusivo de sus “Consejos…”, sino que estará presente en otros artículos suyos; por ejemplo, en alguna frase de complicidad con el lector sobre cierto hecho o cuestión: “Primero Ydígoras, después Somoza, después… yo lo sé, lo sé amigos lectores, pero no les voy a decir quién”.

El ejercicio periodístico de Che se encuentra en sintonía con la multiplicidad de funciones asumidas por él, en su condición de miembro de la vanguardia de la Revolución cubana. No se limita, por tanto, al periodismo testimonial histórico, o a los artículos militares. Coherentemente con una vocación revolucionaria de proyecciones internacionalistas, Che se interesa por los asuntos y sucesos mundiales –siempre con énfasis en América Latina-, desde una comprensión antiimperialista y socialista, en un alcance global, de su tiempo. Las páginas de Verde Olivo, también fueron el espacio para su hacer periodístico de análisis de actualidad internacional.

En casi dos decenas de artículos, publicados entre abril y agosto de 1960, se confirman varias de las características del estilo propio de Che, mostradas desde sus escritos periodísticos de la Sierra, publicados en El Cubano Libre. Siempre resultan certeros, tal cual disparo de “francotirador”, pseudónimo seleccionado por él para firmarlos. Capacidad de análisis y de síntesis-cualidades de todo buen periodista-, se fusionan en textos acerca de temas como las relaciones económicas mundiales, los manejos de los organismos internacionales, los disfraces de la democracia representativa, la utilización de las bases militares y las intenciones reales de campañas como la del desarme. Se trata, en fin, de mostrar al hombre ante las complejidades de un tiempo y los desafíos que supone la liberación.

Aun cuando se trata de artículos sobre el acontecer internacional inmediato, siempre está en ellos la oportuna explicación histórica de un presente, que se abre al futuro. Su profundo conocimiento de la historia y amplia cultura universal, le permiten el examen de los hechos actuales en una perspectiva temporal de largo aliento, y la comprensión más diestra y radical de los mismos, sobre el escenario del pasado.

Hay un empeño que atraviesa todo el periodismo analítico de actualidad escrito por Che, como parte del enfrentamiento a la falsificación reaccionaria de la realidad. Tomando como punto de partida las noticias de la prensa dominante, denuncia sus estrategias discursivas del engaño y expone los lugares comunes en sus mensajes; similitudes que se difunden más allá de las fronteras en una retórica de la dominación. Tanta es la reiteración de las mismas frases, tan idénticas las acusaciones que se hacen contra quienes luchan por la libertad, que –como escribiera en uno de sus artículos publicados en El Cubano Libre– el mundo termina por parecer totalmente cubano.

Precisamente, para que trascendiera la verdad revolucionaria, desde Cuba, más allá de la isla, fundó –en el mismo año del triunfo – la Agencia de Noticias Prensa Latina, junto al periodista argentino Jorge Ricardo Masetti. Una respuesta a las campañas contra la Revolución cubana, pero también un espacio de oposición a las intenciones, luego denunciadas en su discurso de Punta del Este, de control monopólico de los órganos de opinión de la región por parte de los Estados Unidos, y su pretensión de “establecer el Mercado Común de la Cultura, organizado, dirigido, pagado, domesticado; la cultura toda de América Latina al servicio de los planes de propaganda del imperialismo (…)”.

Frente al significado dominante, el periodismo guevariano se empeña en alumbrar el nuevo sentido de las palabras, desde el mirador revolucionario. La transformación de la realidad, ha de venir de la mano del cambio en la manera de nombrarla e interpretarla. Es ese, por ejemplo, el objetivo de su artículo “¿Qué es un guerrillero?”: otorgar una renovada significación, en el contexto cubano, a esa palabra históricamente asociada aquí a un concepto repulsivo, desde las guerras por la independencia del siglo XIX.

Con frecuencia acude Che a la táctica de la reducción al absurdo –el mismo absurdo que se pretende presentar como cierto por el capitalismo-, para mostrar así su incoherencia e insensatez, propias de “algún disparatado jefe de los pentágonos, hexágonos o cualquier geométrica figura de los Estados Unidos (incluyendo los cuadrados que dirigen su política exterior)”. “[N]o me pidan que lo explique más claro –comenta luego de exponer una de esas galimatías-; yo tampoco lo entiendo”. O también ofrece directamente la aclaración oportuna de lo que debiera decir, en lugar de lo dicho; o utiliza las habituales comillas para resaltar su desacuerdo con el término empleado para referirse a cierto hecho o noción.

Siempre, se desnuda la hipocresía en el manejo de las palabras y los vericuetos del sentido que traza la opinión pública hegemónica, que distingue entre fusilar a un criminal de guerra y el asesinato de un estudiante. En esa tarea, crea palabras –“fidelocastritis”-; se vale de cubanismos y expresiones propias de nuestra fraseología popular, en una apropiación que se complementa con sus innatos y singulares ironía y humor; o se auxilia de la exageración a partir de la reiteración de las palabras. “Y nos quedaremos solos en este hemisferio –dice, al final de uno de sus artículos-, solos, desoladoramente solos. (…) Nos quedaremos tan solos, que nada más con nosotros estarán los ciento cincuenta millones que constituyen lo más débil, mezquino y despreciado de América: su pueblo (…)”.

LAS PALABRAS Y LOS HOMBRES

Su “yo” viajero también encontrará desembocadura luego del 1º de enero de 1959, en sus funciones como representante de la política exterior de la Revolución cubana. Otra vez, el mismo espíritu del joven cronista, perdura en el comandante, quien a su regreso de su primer recorrido oficial por los países que conformaban en ese entonces el Pacto de Bandung, escribe artículos sobre los distintos países visitados. Así, llegan sus descripciones y análisis sobre la política, historia, economía, cultura y sociedad de Egipto, la India, Japón, Indonesia, Ceilán y Paquistán, o Yugoslavia. Resalta en este caso otra cualidad periodística: la observación aguda; a pesar de que las estancias fueran breves y saturadas de obligaciones gubernativos, alcanzan para ofrecer una visión integral de cada nación, en la cual se imbrican los aspectos más significativos de sus sociedades.

El periodismo resulta entonces espacio que permite el conocimiento mutuo de los explotados y oprimidos entre sí, allende las fronteras naturales o políticas, y sobre todo, más allá de las falsas divisiones y enfrentamientos entre ellos, creados por la dominación como garantía de su perdurabilidad. Es este un periodismo que se entrega, en su finalidad última, a la acumulación y la aglutinación de las fuerzas desde la resistencia; que se hace –como aquel periódico martiano- para juntar. Una labor unitaria que, en el siglo XX y ante la consumada expansión imperialista, desborda los límites nacionales y alcanza a los pueblos de los tres continentes explotados: Asia, África y América Latina.

Una de sus primeras reflexiones periodísticas sobre la urgencia de esa unión, central en sus tesis tercermundistas, es su artículo América desde el balcón afroasiático, publicado en la revista Humanismo, de México, en septiembre de 1959. Pero su más trascendente texto, en ese sentido, resulta Crear dos, tres, muchos Vietnam, esa es la consigna, su Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental. Escrito durante los entrenamientos para la guerrilla boliviana, fue publicado en abril de 1967, cuando aquella era ya un hecho y parte de una acción que es toda “un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica”.

En los artículos de Che, se encuentran los planteos, esbozos y maduraciones de su pensamiento revolucionario – latinoamericano, tercermundista y antiimperialista. El periodismo no es entonces desagüe para tratar temas menores sino, por el contrario, plaza cuyo alcance masivo debe emplearse para la difusión y examen de las cuestiones y labores más trascendentales y complejas del proyecto liberador, en la formación cultural e ideológica del hombre nuevo.

Demostración de ello resultan sus textos sobre temas tan espinosos como el burocratismo y la política de cuadros en la transición socialista; o, más aún, esa carta-ensayo fundamental que es El socialismo y el hombre en Cuba, una indagación esclarecida, desde la experiencia práctica y en todas sus aristas, sobre los laberintos y conflictos de la liberación humana. Incluso de los reveses más dolorosos se ha de escribir, para aprender de ellos; así lo hizo a partir de su experiencia en la guerrilla congolesa, aunque consciente de que lo escrito no se publicaría hasta mucho tiempo después.

Pero sin dudas, una de las pruebas más recurrente de la importancia concedida por Che a la prensa en el contexto de un proceso revolucionario, resulta su ejercicio de la polémica a través de ella. El ejemplo más significativo, al respecto, fue su participación en el debate económico acontecido en Cuba entre 1963 y 1964. Che otorgaba un alto valor a tal tipo de discusión, en función de la formación de sus participantes, pero aclaraba -apuntando un par de reglas que valen para toda polémica periodística- “en la misma medida en que seamos capaces de llevarla con el mayor rigor científico posible y con la mayor ecuanimidad. (…) creemos que es importante el cuidado de la forma y del método de discusión”. Téngase en cuenta además, que entre los actores de esta polémica, se incluían altos dirigentes del gobierno cubano, así como intelectuales de reconocido prestigio mundial.

Estas concepciones sobre la práctica pública de la polémica a través de la prensa, se hallan en plena correspondencia con el ideario y la praxis revolucionaria de Che, para quien un proceso de transformación social e individual tan radical, requiere de la crítica y la autocrítica permanentes, asentados en principios revolucionarios, como reflejo y solución de las contradicciones intrínsecas a la transición. Asimismo, resulta coherente con un criterio sobre la política revolucionaria, que asume la relación vanguardia-masas desde la más absoluta ética y transparencia.

En su condición de miembro de la vanguardia cubana, con obligaciones en el ejercicio del poder, considera forzoso responder a ciertas insinuaciones sobre su persona publicadas por un periodista, explicando la realidad de los hechos, pues “me debo a la opinión pública y a quienes han confiado en mí como revolucionario”. Ese mismo sentido de la responsabilidad para con el pueblo, inseparable del dirigente revolucionario, ese constante respeto a la sensibilidad popular y la rendición de cuentas sobre la actuación propia, son los que se encuentran en el análisis y corrección de los errores de la entonces naciente Revolución cubana, “en contacto con las masas y ante el juicio de la opinión pública”.

Estas características, expresan dos aspectos complementarios que resumen la función social del periodismo, como espacio público y de poder, desde un sentido socialista.

Asumir el periodismo desde estos presupuestos, en el contexto de un proceso revolucionario, es, sin dudas, en una práctica escabrosa, llena de complejidades. Dificultades que, por supuesto, se acrecientan cuando quien lo ejerce forma parte del grupo con funciones decisorias de alcance nacional. Consciente de los conflictos que implica en este caso el ejercicio periodístico, Che sin embargo no renuncia a él, sino que reconoce sus retos y busca una solución sincera y responsable a los mismos.

El hombre es parte de las circunstancias que analiza y la objetividad –entendida en su sentido de imparcialidad obtusa, ajena a los intereses y relaciones sociales-, un imposible, pues el ser humano no puede deshacerse totalmente de su subjetividad, aun cuando se proponga el examen más frío. Pero si la polémica, la crítica y la autocrítica, se arrostran desde la más profunda y honesta vocación revolucionaria, los peligros a salvar son solo de forma, no de contenido. “En todo caso –aclara Che, al inicio de uno de sus artículos, luego de expresar su propósito de evitar afirmaciones chocantes-, pido perdón anticipado por no saber decir lo que digo, nunca por pensarlo”.

(Tomado del Centro de Estudios Che Guevra)

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Acerca de sentirjoven91

Comencé a soñar con el periodismo sin darme cuenta, cuando solo era un infante. Mi abuelo me abría las puertas de este mundo cuando pensaba realmente en ser maquinista de un tren. Estudio periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba. Colaboro con el espacio informativo Mesa Redonda y Con el Sitio Cubadebate.
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